I Concurso-Congreso literario y patafísico de Ubú Libros 18 febrero, 2020 – Publicado en: Blog, Concursos, El Pomo Roto, Relato

La semana pasada fallamos el primer concurso literario de Ubú Libros y aquí os presentamos el resultado ganador. Un cuento escrito por Sra. Cora, persona dedicada habitualmente a estudio de los personajes femeninos en la prosa medieval que en un momento de desahogo nos arrojó este pequeño relato que hemos premiado por su gracia y mal café.
Hemos recibido unos quince relatos, todos fantásticos, nos costó bastantes cervezas decidir el ganador. Próximamente, más.

«La muerte llegó a la fiesta disfrazada de inocencia. La gran casona era un planeta
luminiscente en mitad de una noche de verano. La vio entrar. Para ella preparó aquella
cena. Para su íntima amiga. Para su alma gemela. Porque la detestaba desde niña por esa
elegante ingravidez con la que había aparecido en el mundo. Y la odió con todas sus
fuerzas cuando la vio con aquel vestido de gasa color vino tinto. La música sonaba
inundándolo todo. Todos bailaban felices. A ella, una niña rubia casi le hizo tropezar con
la alfombra. Alguien cortó la tarta y se fueron sirviendo pequeñas porciones. Mientras
paladeaba el champán, miraba con una excitación insana cómo todos iban probando aquel
suculento pastel. El tintineo de las cucharillas con el plato le pareció una melodía
maravillosa. De pronto, un pequeño estrépito. Ella yacía en el suelo. Su vestido de gasa
roja era una amapola después una tormenta. La sacaron en volandas. En poco tiempo, se
quedó sola. En la bandeja de la tarta quedaba un trozo. Una porción con su crema mortal de
nuez.
Notó el sabor dulzón deshaciéndose dentro de su boca. No podía disimular la
satisfacción mientras imaginaba a su amiga de camino a un hospital al que nunca llegaría.
Un dolor abdominal como la punzada de un hierro ardiendo le obligó a doblarse. De
pronto, el aire se volvió sólido e irrespirable. Entonces vio a la niña con su pelo rubio.
Quiso hablarle para que pidiera ayuda, pero unas manos invisibles le rodeaban la garganta,
asfixiándola. Quiso salir fuera de la casa, pero trastabilló de nuevo con la alfombra. La
niña se arrodilló a su lado. Su sonrisa se desplegó como una navaja. Luego, una presión
en la nuca que tiraba de ella hacia lo profundo, mientras le susurraba bajito: la Muerte es
quien lo decide.»

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